Obsolescencia programada, “tecnología progresiva” y capitalismo.

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Es frecuente oír como las empresas de unos determinados sectores, especialmente las ligadas al tecnológico, programan o crean sus productos de tal manera que estos en un determinado tiempo quedarán obsoletos, dejarán de funcionar… Es lo que se conoce como obsolescencia programada. Se arguye que las empresas, en su búsqueda de beneficio, tenderán a realizar estas prácticas, el argumento es sencillo, si se acaba antes, antes se volverá a comprar y más ganarán. El objetivo de este post es analizar ese argumento y darlo la vuelta para mostrar que esa búsqueda del beneficio puede hacer que esta práctica no se de. Al final, presentamos cierta evidencia empírica sobre los típicos ejemplos que suelen ofrecerse. El objetivo último y más general de este post es mostrar que a la hora de analizar el mercado, a veces se emplean argumentos que muestran que no se está entendiendo realmente el proceso económico que se pretende explicar.

Vamos a analizarlo. Supongamos un mercado en el que se ofrece un producto en el que sería posible aplicar este método. También supongamos que es un mercado en el que no existen barreras de entrada a la competencia ni intervención estatal, como patentes. Nuestra proposición es que dadas estas hipótesis, la obsolescencia programada no tendería a darse. Para demostrar la veracidad de esta proposición, supongamos que partiendo de las hipótesis se da la tesis contraria, es decir, supongamos que existe una empresa o conjunto de estas que decide aplicar la obsolescencia a sus productos. Entonces, la calidad (un aspecto de esta es el tiempo que el medio satisfará nuestros fines) en relación a su precio habría disminuido o podría existir una relación más favorable, por lo que los consumidores dispondrían de un medio que satisface peor sus fines que otro posible medio donde no se han aplicado esas prácticas (si no las satisficiera peor, no habría ningún problema y quedaría concluido el razonamiento). Esto incentivaría a que, buscando su propio beneficio, el resto de empresas, nuevas empresas o las propias empresas iniciales ofrecieran un producto en el que no se haya aplicado este método. Como consecuencia de esto, las empresas iniciales perderían su fuente de ingresos, los consumidores se habrán movido a las empresas que satisfacían mejor sus fines, y desaparecerían sino cambian su estrategia comercial. Hemos llegado a una contradicción ya que hemos supuesto que existían, y hemos concluido que se tenderá a su desaparición. Por tanto, la proposición de partida es verdadera.

Para completar más la demostración, llevémoslo al extremo. Supongamos que en un determinado sector existen n(n∈ℕ\{1} (naturales menos el uno), es decir, n=2,3,4…) empresas que ofertan el producto, y que n-1 han realizado un pacto colusorio para aplicar la obsolescencia programada. Entonces la empresa n-ésima, empresa marginal, tiene dos opciones, unirse al pacto (total o parcialmente) o no hacerlo. Si se une, la demanda será repartida de manera más o menos uniforme (dependerá de los rasgos diferenciadores de lo ofertado) entre las n empresas. Además, teniendo el cuenta que el mercado es un proceso dinámico, se arriesga a que aparezcan las empresa, no existen barreras de entrada, n+1, n+2… que ofrezcan el producto sin obsolescencia, lo que supondría una bajada del beneficio. Si la empresa marginal opta por la segunda opción, entonces aumentará su beneficio, ya que obtendrá más ingresos debido a aumentar la demanda de sus productos. Además, es probable que esto redujera la entrada de las empresas n+1, n+2… ya que las necesidades están en ese tiempo y según esas valoraciones satisfechas. Por tanto, la empresa tenderá a elegir la segunda opción, acabando así con la obsolescencia programada. De hecho, las empresas que se han sumado al pacto, podrán tener la misma disyuntiva (antes o después del pacto), siendo el equilibrio de Nash, combinación de las mejores estrategias de los participantes en función de las del resto, no aplicar la obsolescencia. Volvemos a llegar a la conclusión anterior, las empresas que peor satisfagan a sus consumidores tenderán a desaparecer, por tanto, es absurdo mantener que en el libre mercado tenderán a existir.

 Ahora una serie de observaciones. ¿Se dan en la actualidad las hipótesis? En cierta medida no. Existen Estados que regulan esos sectores, que exigen ciertas condiciones para la entrada o la bloquean (patentes), existe simbiosis entre compañías y Estados,… En definitiva, existen barreras e intervención. Es decir, la segunda hipótesis no se cumple de manera total, la tesis no necesariamente. Pero existe otro fenómeno. Se cree que existe una preferencia por parte de los demandantes a los productos duraderos frente a los de menor duración teniendo en cuenta las consecuencias que esto trae (precio). Ilustrémoslo con un ejemplo: Un individuo A, quiere comprarse un teléfono móvil. Les gusta un modelo concreto, el modelo B. El encargado de venderle el móvil le das dos opciones en cuanto a ese modelo, el modelo B’, que es más barato, pero con menor duración y el modelo B” que es más caro, pero de mayor duración. Entonces A, piensa que su modelo B se quedará obsoleto en un año, no porque se estropee, sino porque en ese momento futuro existan móviles de mayor calidad. Solo tenemos que pensar en lo como era nuestro móvil cuando lo compramos, en relación a los otros existentes, y como es en la actualidad. No es descabellado pensar que se tenderá a escoger la primera opción por gran parte de los consumidores. Si existiera gran cantidad de gente que demandara la segunda, se crearía una oportunidad de beneficio, y por tanto, se tendería a satisfacer esa necesidad.

Existe otro caso, que consiste en descubrir una tecnología, pero no aplicarla directamente al producto inicial, sino crear una serie de productos que vayan incrementándola poco a poco para así obtener más beneficio. En el título lo he llamado “tecnología progresiva”. La demostración de que esto no se daría en el libre mercado es análoga, pero teniendo en cuenta que la oferta progresiva hará que otros partan de esos productos para desarrollar otros más avanzados tecnológicamente o que partan desde los suyos propios, pero añadiendo un nivel tecnológico superior. La primera observación es idéntica (situaciones actual en la que no se cumplen las hipótesis totalmente) 

También se aplicar la segunda observación anterior, en especial, existe una barrera de entrada muy especial, que es la propiedad intelectual. El derecho, concedido por el Estado, a que nadie más pueda crear un determinado producto en unas determinadas circunstancias. Esto favorecerá a que el “descubridor” cometa estas prácticas. La propiedad intelectual tiende a frenar el desarrollo, ya que no existen incentivos cuando se tiene garantizada la ausencia de competencia, ver [1].

Cabe comentar que no todas las barreras se deben a la intervención estatal. Puede haber costes de entrada por economías de escala, por ejemplo, y esto crear que la demanda de las empresas sea bastante inelástica, aumentando su poder de mercado, pensemos en ciertas tecnológicas. Esos beneficios extraordinarios pueden tener su sentido si esa posición se debe a una fuerte innovación tecnológica, aunque también puden ser peligrosos para la comptencia. Notemos también que si es precio se iguala al coste marginal, las empresas con grandes costes fijos no tendrán incentivos para seguir, lo cual también es problemático.

Cierta evidencia empírica.

Este fenómeno ha sido exagerado por diversos motivos. Por ejemplo, el caso de la famosa bombilla que ilustra este artículo no es una demostración de esta práctica comercial, sino de física básica, el efecto Joule. Algo similar pasa con el caso de las impresoras. Sobre un análisis de los supuestos casos de obsolescencia programada:

http://naukas.com/2011/11/29/obsolescencia-programada-lecciones-de-una-bombilla/

Obsolescencia programada a debate (parte 1)

Obsolescencia programada a debate (parte 2)

Conclusiones.

En definitiva, la obsolescencia programada y la tecnología que se ofrece progresivamente, no son algo inherente al proceso de mercado, el argumento inicial falla al no considerar las decisiones de las empresas en un entorno de competencia, y considerar empresas aisladas cuyas deciones no tienen efectos sobre el resto. Es un fallo recurrente en muchos análisis de personas ajenas a la ciencia económica, pero que aun así tienen fuertes opiniones sobre ella. Como siempre, la realidad es más complicada y es necesario un analísis mucho más rigursoso para concluir la existencia de tales prácticas.

Referencias.

[1] Boldrin, Michele, and David K. Levine. 2013. “The Case against Patents.” Journal of Economic Perspectives, 27 (1): 3-22.

4 comments

  1. Muy buen análisis, Álvaro! En clase del ingreso a la universidad recuerdo que mi profesor remarcaba que tampoco era necesario mencionar la competencia para darse cuenta de que económicamente el argumento básico sobre la obsolescencia programada era errado (bastaba pensar en los precios diferentes que tendrán los productos más duraderos en relación con los menos duraderos). Encontré el blog donde está resumida la clase que dio al respecto. Te la dejo por si te interesa leerla. Saludos!

    Hoy presentamos y discutimos el muy difundido video “Comprar, Tirar, Comprar”, referido a la llamada «obsolescencia programada» que, según los autores del video, es nada menos que el motor secreto de nuestra economía y de nuestra sociedad – la sociedad «de consumo».

    He aquí un link al video:

    La obsolescencia programada como estrategia empresarial significa diseñar los productos de tal manera que queden obsoletos en un período prefijado de tiempo: programar su caducidad. Por ejemplo, se fabrica un producto que, gracias a un mecanismo oculto, desaparece o se estropea al cabo de x horas de uso. De este modo se lograría que los consumidores vuelvan a comprar el producto (o su nueva versión) “antes de lo necesario”. Así, las compañías fabricantes de lamparitas eléctricas – se dice por ahí – tienen tecnología para fabricar lamparitas que duran muchos años, pero deciden no usarla (ni divulgarla) y ofrecer en vez lamparitas diseñadas para quemarse en poco tiempo. Un fabricante de medias – cuenta una afable señora en el video – tiene tecnología para producir medias muy duraderas y resistentes, pero decide vender medias que se estropean rápidamente.

    La explicación que da el video de por qué esto ocurre es doble:

    (a) Del lado de las empresas, “empezaron a acortar la vida de los productos para aumentar las ventas”, y por tanto – presuntamente – la ganancia empresaria.
    (b) Del lado de la política económica: para crecer y salir de las depresiones económicas, es necesario que la gente compre, compre y compre; mientras más rápido, mejor.

    Dejemos (b) de lado, ya que es patentemente inadecuado como explicación: en las sociedades capitalistas actuales no hay planificación de la economía (el Estado no les dicta a los empresarios qué y cómo deben producir; como señalan los críticos del capitalismo, éste es un modo de producción económicamente “anárquico”).

    En cuanto al punto (a), durante la discusión en clase se plantearon algunos reparos sobre la racionalidad de la estrategia de obsolescencia programada por parte del empresario. A primera vista puede parecer obvio que al empresario le da más rédito lograr que el consumidor compre varias veces un producto que vendérselo una sola vez tras hacerlo más durable. Mientras más ventas, mejor: obvio. ¿O no?

    Como rápidamente señalaron algunos alumnos – por suerte es un curso de estudiantes de cs. económicas – , lo obvio parece ser que hay problemas bastante conspicuos en las tesis y explicaciones aducidas en el video. Hay de hecho varias consideraciones que muestran que la obsolescencia programada no debería predominar (excepto cuando es beneficiosa para los consumidores mismos) dado que no es una estrategia ventajosa para el empresario.

    Una de ellas es la existencia de mercados competitivos: producir mercancías defectuosas significa un suicidio empresarial cuando existen firmas competidoras que estarán muy dispuestas a fabricar un producto más eficiente y así se quedarán con los clientes de quienes decidan fabricar productos defectuosos, que serán borrados de un plumazo del mercado.

    Contra este argumento se suele alegar que la competencia no es un fenómeno muy difundido, especialmente en aquellos rubros donde un puñado de empresas “controlan” un mercado donde es difícil acceder (por su escala o por los altos requisitos tecnológicos). Pero esto es erróneo: la competencia también se da donde dominan unos pocos pesos pesados (piensen por ejemplo en el mercado de grandes aviones de pasajeros: la empresa Boeing y su encarnizada guerra comercial contra su único y joven competidor, Airbus; o en la industria de telefonía celular, la guerra de Nokia contra Motorola (más Rim/Bbry y Apple); o la industria del software, donde hasta el coloso dominante Microsoft está presionado por competidores innovadores.)

    Pero hay un problema más elemental que surgiría aun si no tuviéramos en cuenta la existencia de competidores de las firmas que decidieran practicar obsolescencia programada. Aumentar la frecuencia de venta de un producto (acortando su vida útil) no significa necesariamente mayor ganancia, porque aquí se nos olvida tomar en consideración los precios: el precio que el comprador estaría dispuesto a pagar por un artículo duradero será mayor que el que pague por uno efímero; la suma embolsada por el vendedor por la venta del producto duradero, entonces, puede muy bien igualar la suma obtenida por la venta reiterada de productos efímeros. Así, aumentar la frecuencia de venta de ciertos productos por el hecho de haberlos tornado menos durables no garantiza que el empresario reciba más plata que si los hace más durables: los clientes pagarán más por los productos durables (que además tienen la ventaja para el vendedor de que debe fabricar uno solo por cada cinco, diez o cien modelos más frágiles para embolsar el mismo dinero). Esto significa que el punto (a) de la explicación es sumamente endeble.

    Para poner el ejemplo de las medias, supongamos que una señora (que podemos llamar Sofía) es una de esas víctimas de la obsolescencia programada y por ello se ve forzada a comprar pares de medias que duran sólo un mes: cada mes, entonces, va a la tienda a comprarse resignadamente un nuevo par. Digamos que compra cada par a $25. Su gasto anual en medias, entonces, es de $300. Es decir, Sofía acepta gastar $300 en medias por año. Siendo así, el fabricante astuto de medias bien podría ofrecerle por ese dinero ($300) un par de medias que dure garantizadamente todo el año, puesto que Sofía está en principio dispuesta a pagarlo. En la medida en que le resulte más barato fabricar un par más duradero que doce que duran menos (y seguramente éste va a ser el caso), el fabricante optará por este segundo plan antes que producir y venderle los doce sucesivos pares “berreta”. Parece entonces que perpetrar la obsolescencia programada sería un peor negocio para el fabricante de medias que ofrecer las medias más longevas.

    Aun más obvio es el caso de productos que tienen un exacto final preprogramado. Supongamos que en la industria de los libros digitales (como Kindle) a algún gerente de la empresa Amazon se le ocurre vender los libros con una duración limitada de un año para que los clientes vuelvan a comprarlos cada año, y así multiplicar el dinero embolsado. Presentada así, la estretegia es ridícula: el precio que los clientes pagarán por un libro que dure un año será menor que el precio al que se está vendiendo el libro duradero: si se esperara que los clientes renueven un desembolso de $60 cada año de los próximos 10 años por lo menos, el precio del libro duradero no sería hoy $60 sino $600 por lo menos.

    Y entonces, ¿por qué vemos que hay tiendas que le ofrecen productos de duración más limitada o “diseñados para romperse”? Porque a veces el cliente puede querer que lo sometan a la obsolescencia programada. ¿Por qué? Bueno, Sofía podría no tener los $300 disponibles a comienzos de año para pagar las medias de mejor calidad (porque gastó mucho para la fiesta de navidad, digamos, o porque tiene gastos más urgentes). Al permitírsele tener su stock anual de medias pagando $25 cada mes, ella fracciona su desembolso en doce cómodas cuotas. Además, si pagara $300 de entrada por medias duraderas y al llegar a casa su perro se las rompe o su nuera se las roba, perdería todo el valor de un golpe. Comprar un par cada mes al precio de $25, en cambio, le da una suerte de reaseguro contra estos funestos azares. De manera que la obsolescencia programada puede ser un bonito servicio que Sofía puede querer reclamar en sus momentos más prudentes o de mishiadura.

    Del mismo modo, en el caso de los libros digitales, hay ofertas de libros digitales con duración limitada (al cabo de cierto tiempo, se borra el libro de la cuenta del usuario); tienen, claro, un precio menor al del libro que puede usarse por tiempo indeterminado. Y por supuesto, hay alguna gente que lo compra en lugar de comprar el libro duradero – en especial, los estudiantes que tienen que consultarlo obligadamente y no tienen intenciones de volver a abrirlo después de aprobar.

    ¿Quiere decir esto que no hay “tretas” empresariales cuyo resultado no es socialmente óptimo? No, claro. Pero al analizar nuestra sociedad hay que estar muy alertas y sobre todo no dejarse convencer fácilmente por ideas apresuradas y evidencia circunstancial, que siempre es fácil de juntar para las teorías conspirativas (el video que vimos, dicho sea de paso, ha sido traducido al inglés como “The light-bulb conspiracy”: la conspiración de la lamparita).

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