Un mal argumento a favor de los servicios estatales.

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Con determinadas noticias de estos últimos días está aflorando el “argumento” siguiente: Si se usa el servicio estatal X (por parte de detractores, en el caso de las noticias no lo es, de que X sea provisto por el Estado), nos está revelando que el servicio X estatal, Xe, es mejor que cualquier alternativa.

El razonamiento es bastante falso, ya que podríamos atribuirle falacias como la de asociación, tu quoque…, pero el razonamiento erróneo principal es no haber aplicado correctamente la preferencia demostrada. La preferencia demostrada simplemente nos dice, que nuestra acción, concretamente nuestra elección,  demuestra las posiciones en la escala de valores. Por ejemplo, ante la dicotomía de A o B, la elección de A demuestra que A es más valioso, en esas circunstancias, para ese actor (de ahí la falacia por asociación) que B. Entonces, ¿no revelaría el uso de un servicio estatal su preferencia frente a alternativas, como por ejemplo, un servicio provisto en el mercado?

La respuesta es negativa, veamos la situación en la que nos encontramos, muy distinta a la reflejada en el ejemplo anterior. La financiación de los servicios estatales principalmente se hace por tributos que, por definición, son coactivos. Entonces, dados unos recursos, nos encontramos con que parte de los recursos han sido destinados para la financiación de Xe, de manera no voluntaria (en caso contrario, no sería necesaria la intervención del órgano estatal, y por tanto, no serían estatales). Luego, la opción Xe ya ha sido elegida por un tercero, por consiguiente, no demuestra nuestra preferencia. Una vez esto ha ocurrido (elección no voluntaria y quita de parte de nuestros recursos) nos enfrentamos a una nueva dicotomía. Si creemos que los servicios alternativos, Xa, son superiores a los estatales, podrá ocurrir que optemos también por la elección de Xa. Es decir, si valoramos más el incremento de calidad (entre Xa y Xe) que los medios disponibles para obtenerlo (que tienen, obviamente, coste de oportunidad) elegiremos también, ahora de forma voluntaria, Xa. Para gran parte de la población esto no ocurre, los fines alternativos de esos recursos tienen más valor que el incremento de calidad, pero eso, como hemos visto arriba, no demuestra que no prefieran Xa a Xe, sino que si se les obliga a financiar Xe, valorarán más destinar los recursos disponibles a otros fines que aumentar la calidad de X.

Como comentario adicional tengamos en cuenta que uno de los grandes servicios estatales es la educación. Pero las alternativas a esta (donde también es aplicable el razonamiento anterior) tienen unas características especiales, en parte por formar capital humano. Podemos sintetizarlas en tres. La primera, como ya hemos comentado, es que la demanda está “monopolizada” por el Estado, todos deben financiar su producto (¿se imaginan que una empresa privada hiciera lo mismo?). La segunda es que existen numerosas regulaciones, pero son especialmente intensas en el ámbito de la oferta educativa, lo que dificulta la innovación empresarial. La tercera, la emisión (o control de esta) de títulos por parte del Estado hace que se diluya la relación entre órgano que ofrece educación  y órgano que lo certifica tal cosa, produciendo un efecto similar al de bien comunal. Todo esto, y más aspectos no mencionados, crea una serie de distorsiones tanto en la demanda como en la oferta, que no nos permiten comparar esa alternativa con la que habría si el Estado no interviniera en ninguno de los aspectos mencionados.

En conclusión, el argumento es bastante malo, porque aparte de contener varias falacias secundarias, cae en un gran error de aplicación de la preferencia demostrada. Si de verdad se quiere comparar realmente las alternativas (que en algunos casos pueden distar mucho de las actuales, como la educación) deberemos eliminar los aspectos coactivos, y que cada cual voluntariamente decida.

 

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1994. Estudiante de Física con intención de ser físico teórico. Libertarian. Ateo.
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